EL POR QUÉ DE TODOS JUNTOS

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Fritjof Wilder – Barcelona – 24 de diciembre de 2020

Tradicionalmente, se ha venido usando la palabra diáspora para designar la dispersión de los judíos desde su lugar histórico, Israel. Más en la actualidad y analógicamente se ha designado a la dispersión del pueblo Africano desde la tierra que le es propia. No se trata de algo que sea del todo transcribible: Distintamente a los primeros, los segundos procedían de un calidoscopio de culturas diversas y podían volver la vista atrás para encontrar una tierra originaria, así como sociedades que no habían experimentado el periplo de la dispersión. Aunque los protagonistas de la diáspora Africana han sabido conservar su cultura en el extranjero, han influido más que los otros en las culturas donde se han asentado. En Brasil la presencia de personas de color ha influenciado en la cultura nacional, así como en las sociedades Caribeñas, donde éstas comunidades han pasado a ser dominantes culturalmente hablando.

Aunque la tendencia a volver la vista atrás para descubrir África no es nueva, para la historia relativamente reciente, es el rasgo más importante de la diáspora. Incluso ha devuelto a muchos expatriados a su lugar de origen: Muchos se trasladaron allí por voluntad propia, como misioneros, influyendo en la constitución del nacionalismo en África central; mientras que otros formaban parte de colectivos concretos e identificables como los brasileños de Nigeria, los Fons, Ewes y Yorubas, regresando tras finalizar el periodo de los esclavos.

El movimiento de las tribus a las ciudades tuvo espectaculares repercusiones sobre su extensión y naturaleza. Eran ciudades faltas de recursos y eso no les permitía dar acogida a los llegados con un mínimo normal de alojamiento y servicios.

Excepto el núcleo moderno de oficinas y administraciones, así como las zonas restringidas de los antiguos colonos blancos y dónde hoy se asientan indígenas en situación de privilegio, casi todas las ciudades carecían de agua, carreteras, alcantarillas y electricidad; y las viviendas pasaban a ser meros refugios. Construidos básicamente con latas, cartones, trozos de madera y chapa ondulada en extensas zonas en las afueras de las ciudades. Así son los núcleos urbanos de los países poco desarrollados.

En África del Sur, la rígida segregación entre blancos y negros queda reflejada en el estricto control sobre los asentamientos negros.

África no es un territorio a explotar. Tampoco un destino turístico de aventura. Es un lugar donde todavía quedan, aunque cada vez menos, seres humanos que recuerdan lo que representa la vida tribal, en comunidad, e integrada en la naturaleza. Este es, según mi modo de ver, su mayor tesoro.

En la mayor parte de los territorios del planeta, el ser humano ha sido despojado de sus mitos, de sus costumbres, de sus ritos ancestrales. En este sentido, culturalmente, tienen un tesoro que nosotros casi desposeemos. Sin embargo su realidad es dura, sobretodo conforme se fija la atención en los núcleos mas o menos urbanizados y se va avanzando hacia las grandes ciudades.

Todos los sentimientos surgen de una idea. Esta puede ser la idea, mas o menos aproximada, que nos formamos de una persona; o un ideal abstracto, como puede ser la libertad o un sueño sobre como debería de ser la realidad, al punto de sobrecoger nuestros sentimientos. La inspiración es el motor fundamental de éstos. El ser aspira a la creatividad total. Generar existencia es su anhelo más profundo.

Aunque el mundo ideal no existe, el universo espera de nosotros que lo hagamos posible con nuestro día a día. Lo único que le pertenece al Ser, es tenerse a si mismo. Y tenerse a si mismo consiste en luchar por su sueño más intrínseco, sea éste cual sea. Cuando se aleja de su más profunda voluntad, el ser pierde su única posesión. Todo lo demás es susceptible de serle arrebatado.

Y digo esto porque el inmigrante que llega a nuestra tierra en pos de una vida mejor, nos aventaja en dos aspectos, humanamente hablando. En primer lugar, tiene un sueño; y este sueño consiste en una vida digna y una mayor libertad, de expresión y de acción. En segundo lugar, no tiene nada que perder, o muy poco. En pocas palabras, el inmigrante se tiene a si mismo. Nosotros no nos tenemos tanto, ya que en una determinada medida gozamos de una vida acomodada, (algo que tiende a reducirse, sin embargo) y tenemos, o, mejor dicho, creemos tener, una serie de posesiones y bienes que en algunos casos pueden llegar a anestesiarnos de nosotros mismos. Quizás sea éste el motivo que hace que algunos de nosotros, tendiendo a compararnos, nos sintamos en una mejor condición; o por el contrario, nos pongamos en su piel un poco más que el resto.

Existen 4 cosas que sostienen nuestra realidad: Las ideas, que no pertenecen a nadie. El amor, que no le pertenece a nadie. El subconsciente, que tampoco tiene dueño. Y la Tierra, que tampoco le pertenece al hombre. Deberíamos plantearnos hasta que punto tenemos derecho a adueñarnos de éstos 4 factores.

Por otro lado, una de las cosas que nosotros deberíamos de reaprender de éstas culturas radica en la vida en un entorno natural, en el cual el individuo, se encuentra integrado plenamente. Sobra decir que eso hace estarle más enérgico y vital.

Y por último, la vida comunitaria; en la que se dan experiencias de interacción puras, que permite a sus integrantes estar unidos y hacer frente conjuntamente a las adversidades. Tal parece que nosotros, en lo que toca al mundo civilizado, adolecemos más de estos derechos fundamentales, a pesar y de que estamos muy dispuestos a reclamarlos cuando hablamos de lo que son y no son derechos. Pero está claro que no podemos tener derecho sobre algo que no sabemos o no nos damos cuenta que nos falta. Y en este sentido siento tanta lástima por nuestro destino como por el de los Africanos ya que, en cuentas finales, nuestro destino es su mismo destino; estamos todos los habitantes de este planeta indivisiblemente vinculados. De tal modo que por una parte nuestra aparente supremacía se podría decir que nos deja cojos de aquello que es humanamente normal.

Y aún quedaría por dilucidar quien se encuentra emocionalmente más sano, aunque sea en detrimento de una mayor racionalidad. Pero esto es en realidad lo concerniente a las tribus que todavía puedan vivir en libertad. Lo cierto es que la realidad Africana es compleja, sobre todo en los núcleos urbanos, si es que se les puede llamar de éste modo, o, más acertadamente, “apilamientos” de chabolas y multitudes.

Es fabuloso, solo por decirlo de algún modo, como el hombre blanco ha encontrado el modo de crecer y cumplir sus expectativas materiales. Me parece inverosímil como un continente mas fuerte en no pocos aspectos no ha podido descollar a efectos similares. ¿Se trata más bien de una cuestión de prioridades inconscientes, que nos han vuelto a nosotros más descontextualizados de la vida natural?

La felicidad consiste en la más alta vibración que puede generar la persecución del sueño más noble. Según el ser, éste sueño varía. Esto es debido a que la mente es una, pero cada uno la manifiesta de un modo diferente.

Entre la variedad de sueños y aspiraciones, así como la multiplicidad de individuos posibles; no existe un sueño preeminente, pero si un grado de intensidad que lo conduce a su consumación. Tal intensidad es fruto de la energía que el universo ha puesto sobre cada ser. Esta puede despertar de un profundo sueño y convertirse en una implosión mayor. Así, aunque determinados por la herencia, en un momento concreto de la vida, una persona cualquiera, o un colectivo, puede pasar de la mayor oscuridad y ostracismo, al brillo inconmensurable de una estrella en el firmamento. La presión ejercida sobre un ser o conjunto de seres impidiendo su desarrollo determina su potencial.

Los seres que ayudan a otros a levantarse de su noche oscura, posibilitan a otros saltar por encima de sus condicionantes vitales. Tales personas son los auténticos trabajadores del espíritu.

Espero poder convertirme algún día en uno de ellos. Porque la realidad es que antes de ser capaz de ayudar a cumplir el sueño de los demás, tengo que demostrarme que soy capaz de cumplir los míos. Espero que llegue un día en que pueda personalmente aportar con impecabilidad a otros lo que trato de aportarme a mi con tanta insuficiencia.

Respecto a los indígenas, hay pueblos que son más sabios, porqué no tienen tan grandilocuentes aspiraciones. Especialmente en lo concerniente al ámbito material. Es indudable que nuestro poder de seducción, apoyado por todo el aparato tecnológico, debe ser notable como para inducir a quienes no lo necesitan, a entrar en nuestra espiral colectiva. Sin embargo, hasta que punto tal condicionamiento no es un drama debido no solo a nuestra ventaja en desarrollo, si no también y muy principalmente por nuestra egoísta actitud?

Un drama incluso para nosotros. Quizás tengamos la oportunidad de mirar África con otros ojos, cuando recuperemos todo a lo que hemos renunciado con nuestro lifestyle. Y quizás podamos tender la mano sin miedo, cuando nos acerquemos un poco más a aquello que nosotros también somos.

 

Fuentes: “África. El despertar de un continente” Jocelyn Murray.